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Exposición de Mons. Carmelo Giaquinta en el Primer Congreso de Laicos de Tucumán |
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EL
COMPROMISO SOCIOPOLÍTICO
Apuntes de monseñor Carmelo Juan Giaquinta, arzobispo emérito
de Resistencia, en el Congreso de Laicos 2006-2016, de la arquidiócesis
de Tucumán, "Hacia el Tucumán del Bicentenario"
I. INTRODUCCIÓN
Rumbo al Bicentenario: 2016 A fines de julio recibí la invitación de mi hermano, Mons. Luis Villalba, para participar de este Congreso, y luego el P. Melitón me precisó sus objetivos. Con sumo gusto, he aceptado acompañarlos en el tema "El compromiso sociopolítico del bautizado laico". Les daré lo que buenamente pueda, fruto de mi estudio y, sobre todo, de mis observaciones pastorales y reflexiones sobre la Patria, mi Patria, en la que nací, viví, y desde la que confío saltar a la Patria definitiva del Cielo.
Sentido de los términos de esta charla 1. Ante todo, procuremos entender los términos de la charla que ustedes me proponen. "Compromiso": no es una ocurrencia, un hobby, un pasatiempo, algo opcional que puedo hacer o no. Es un "deber". Algo que me brota desde adentro, que he cumplir para ser lo que soy y no traicionarme a mí mismo ni a los demás. Hablando con el lenguaje del Concilio: "compromiso" es la vocación y misión que uno tiene en la vida. "Sociopolítico": es una palabra compuesta, de "social" y "político". En cierto modo, es una redundancia, un pleonasmo. Porque "social" y "político" dicen prácticamente lo mismo. Se podría haber dicho "el compromiso social" o "el compromiso político del bautizado laico" . "Social", viene de "socio". Es aquello que hago junto con otro que es mi socio. También puede significar "aquello que hago a favor de mi socio que se encuentra en desventaja (por ejemplo, asistir y promocionar al pobre), para que él pueda así ser verdadero socio mío en la empresa en que ambos estamos embarcados": construir una Patria de hermanos. "Político", palabra de origen griego, que viene de "pólis", y significa "ciudad". La política es la construcción de la ciudad, considerada en su aspecto más profundo; es decir, el arte de la convivencia humana. Esto vale de todo hombre: el de la urbe y el del agro. De esta convivencia, los Obispos decimos en nuestra última carta pastoral: "después del acto de adoración a Dios, la construcción de la convivencia social, en verdad, libertad y justicia, es la obra máxima del hombre sobre la tierra. Y que Dios Padre providente en nada se complace más que en ver a sus hijos esforzándose por construirla" (La Doctrina Social de la Iglesia. Una luz para reconstruir la Nación, n. 38; 11-11-2005). Sobre otros posibles significados de "sociopolítico" volveremos enseguida. Igualmente, sobre la equivalencia entre "sociopolítico" y "ciudadano". "Bautizado": no hace falta explicarlo, pero es bueno recordarlo en el contexto de este Congreso. Es el hombre que se ha sumergido en la muerte de Cristo, en la que ha sepultado toda maldad, y ha resurgido a la Vida Nueva del Resucitado, para vivirla también en el plano social, impregnada de justicia, verdad, libertad y solidaridad. El "compromiso sociopolítico del bautizado" es, por lo mismo, un aspecto capital de la vocación y misión que el bautizado asume por ser tal. Si no lo asumiese, renegaría gravemente de su Bautismo. "No por ser peregrino del cielo, el cristiano descuida la construcción de la patria terrena" (o. c. 2). "Laico": tomamos la palabra en el sentido que la emplea el Concilio. "Con el nombre de laicos se entiende aquí todos los fieles cristianos, a excepción de los miembros del orden sagrado y los que viven en estado religioso reconocido por la Iglesia; es decir, los fieles cristianos que por estar incorporados a Cristo mediante el bautismo, constituidos en Pueblo de Dios y hechos partícipes a su manera de la función sacerdotal, profética y real de Jesucristo, ejercen la misión de todo el pueblo cristiano en la Iglesia y en el mundo, según la parte que le corresponde". Y continúa: "El carácter secular es propio y peculiar de los laicos… A los laicos pertenece por propia vocación buscar el reino de Dios tratando y ordenando según Dios los asuntos temporales. Viven en el siglo; es decir, en todas y cada una de las actividades y profesiones, así como en las condiciones ordinarias de la vida familiar y social con las que su existencia está como entretejida. Allí están llamados por Dios a cumplir su propio cometido, guiándose por el espíritu evangélico, de modo que, igual que la levadura en la masa, contribuyan desde dentro a la santificación del mundo y de este modo descubran a Cristo a los demás, brillando, ante todo, con el testimonio de su vida, con su fe, esperanza y caridad" (Lumen Gentium 31) .
Los objetivos de este Congreso 2. Además, para que esta charla sea provechosa, hemos de tener presentes los objetivos de este Congreso. En el objetivo general ustedes hablan de la "participación de los laicos… en la vida de la Provincia, consolidando su condición de ciudadanos en vistas a la celebración del bicentenario". Y en los objetivos específicos, hablan de: a) "constituir un verdadero laicado… activamente presente en la vida socio-política"; b) "prepararnos mejor en el servicio y la construcción de una cultura más justa, más fraterna y más solidaria"; c) "la reconciliación de la sociedad tucumana".
El horizonte de este Congreso 3. Recordemos, también, el horizonte de este Congreso: el bicentenario de la declaración de la Independencia. Ustedes quieren ponerse en marcha para la celebración del 2016, fecha muy querida para Tucumán y para toda la República. Y ello durante un decenio. Tengamos presente que un decenio es muchísimo tiempo en la vida de un niño. Pero es casi nada en la vida de una Nación. Digo esto para concebir este decenio con esperanza y realismo de adultos. Y no con fantasía infantil. Pasados estos años, -y pasarán volando-, cuando llegue el año 2016, la Argentina podrá estar en lo sociopolítico mejor, igual, o quizá peor que hoy. No descartemos esta última hipótesis. El futuro de la Nación no depende sólo de los que participen de este Congreso, y menos de nuestra voluntad personal. Lo que en 2016 deberá estar mucho mejor que hoy en Tucumán es "el compromiso sociopolítico del bautizado laico". Al menos de un núcleo importante de ellos. Esto sí nos lo podemos proponer. Y, quizá, lograr. Para ello se han de dar los pasos necesarios, como ustedes quieren a partir de este Congreso.
II. DIVERSAS COMPRENSIONES DEL CONCEPTO "COMPROMISO SOCIOPOLÍTICO"
4. A pesar de lo dicho arriba sobre la palabra "compromiso sociopolítico", admitamos que ésta tiene una multitud de significados en el mundo católico. Antes de avanzar, conviene que cada uno se diga lo que entiende por ella. Les doy un minuto para que cada uno lo piense y se lo escriba. Y así al final del Congreso pueda comparar la idea que trajo con la que se lleva. Enumero algunos significados. Unos verdaderos, otros falsos. No intentaré refutarlos, ni aprobarlos. ¡Ojalá mi charla aporte un poco de luz, y que cada uno saque sus conclusiones! Por "compromiso sociopolítico", uno entiende el deber de votar a las autoridades públicas debidamente informado y según su conciencia. Otro, denunciar públicamente las injusticias sociales. Otro, promover desde la Iglesia el diálogo entre sectores político-sociales opuestos. Otro, militar necesariamente en política partidaria. Otro, hacer de una buena vez la opción preferencial por los pobres. Otro, colaborar en Caritas para que la asistencia social del Estado llegue a los beneficiarios. Otro, asumir en la sociedad civil el monitoreo de la acción social del gobierno por parte de los fieles católicos, en cuanto pertenecientes a la Iglesia o a alguna institución de la misma; por ejemplo, participando de los consejos consultivos municipales o provinciales. Otro, organizar un "partido católico". Otro, proponer su opción política como la "opción católica" que todos deberían hacer. Otro, quejarse que los hermanos en la fe, que ayer lo alentaron a meterse en política, hoy ya no lo apoyan, e incluso votan por el partido opuesto. Otro, realizar actos religiosos en los lugares de trabajo: celebrar actos de culto, entronizar imágenes religiosas. Otro, pretender detener una orden de allanamiento del juez oponiéndose desde la religión. Otro,...
III. VOCACIÓN CRISTIANA Y "COMPROMISO CIUDADANO"
"Nuestro compromiso ciudadano" 5. Volviendo al título de esta conferencia, éste se parece a lo que se dice en la oración de este Congreso: "Jesucristo, Señor de la Historia, autor de nuestra fe y de nuestro compromiso ciudadano…". "Compromiso sociopolítico", título de esta conferencia, y "compromiso ciudadano", de la oración: yo los tomo como sinónimos. Por "compromiso", en estos casos, no entiendo lo que yo me propongo hacer voluntariamente en favor de los otros en razón de la caridad cristiana: "Tuve hambre y ustedes me dieron de comer" (Mt 25,35). Es, más bien, lo que yo debo ser y hacer junto con los otros en razón de mi pertenencia a la sociedad civil. Por ejemplo, pagar puntualmente los impuestos y exigir la rendición de su administración. De nada valdría que yo ayudase a los pobres con obras voluntarias de caridad si me rehusase a cumplir mi obligación de justicia de pagar los impuestos con los que el Estado pueda socorrerlos. En tal caso la hipocresía se habría puesto la máscara de la caridad. Con esto no descarto ningún uso correcto de la palabra "compromiso sociopolítico" o "ciudadano". Simplemente, explico cómo yo la uso aquí.
El "compromiso ciudadano" en el magisterio episcopal argentino 6. No sabría decir si los Obispos, en nuestros documentos, hemos usado la palabra "compromiso sociopolítico". Sin duda, hemos hablado de "compromiso ciudadano". al menos en dos ocasiones: a) en 2004, en la oración del X° Congreso Eucarístico Nacional; b) en 2005, en la oración del III Congreso Nacional de Laicos, en la que se inspira la de este Congreso. Y, además, hemos señalado con frecuencia y claridad el papel que el cristiano ha de cumplir en la sociedad civil con términos como "conciencia ciudadana", "deberes ciudadanos". Así en la carta pastoral "La Doctrina Social de la Iglesia. Una luz para reconstruir la Nación" (11-11-2005), decimos: "Queremos, simplemente, mostrar la organicidad de los principios y valores que sustentan esta Doctrina, y proponer a la reflexión algunas situaciones y cuestiones. Y ello para estimular a todos a estudiar la Doctrina Social de la Iglesia, analizar con su luz algunos aspectos de la situación del País, y, en conjunción con la propia ciencia y experiencia, aplicarla al momento presente. Y, de este modo, trabajando junto con todos los hombres de buena voluntad, encontrar caminos concretos que contribuyan a la reconstrucción del tejido social, afianzar el sentido de pertenencia a la Nación y acrecentar la conciencia de ser ciudadanos" (n. 5). En otro párrafo de la misma, al presentar el principio de Participación, hacemos un breve análisis de cómo éste es vivido en la Argentina, y establecemos una distinción entre "habitante" y "ciudadano": "¿Cuál es el grado de participación del argentino en la vida social, y, particularmente, en la defensa y el progreso de la sociedad política? Hay muchos signos positivos… Pero también hay señales negativas. Se exigen derechos, pero no siempre se conocen ni cumplen los deberes. Que el pueblo no interviene en el gobierno sino por sus representantes: es un principio que muchas veces se interpreta mal. Se piensa que los deberes del ciudadano se agotan en el acto eleccionario. Cumplido éste, muchos se despiden de su ciudadanía hasta la próxima elección. No son conscientes que a la salida del cuarto oscuro los aguarda la vida cotidiana con una multitud de otros deberes ciudadanos, de diverso grado, pero todos necesarios para actuar como ciudadano y construir la República: desde no cruzar el semáforo en rojo, no hacer ruidos molestos, cuidar la limpieza de los espacios públicos, realizar bien el trabajo, pagar los servicios e impuestos, exigir cuentas de su recta administración, hacer con responsabilidad la propia opción partidaria, respetar la ajena, entablar un diálogo democrático con ella. Y así, hasta el cumplimiento de deberes más graves, como postularse para un cargo público, y, si fuere el caso, hacer juicio político a la autoridad constituida, etc. Olvidan que el cumplimiento de estos deberes es la respuesta necesaria a la sociedad, la cual defiende y promueve los derechos de los cuales gozan. No sin razón se ha dicho que los argentinos somos 37 millones de habitantes, pero no logramos ser 37 millones de ciudadanos. El habitante usufructúa la Nación y sólo exige derechos. El ciudadano la construye porque, además de exigir sus derechos, cumple sus deberes" (n. 20).
La santidad cristiana ha de impregnar todo 7. La conciencia de pertenencia responsable a la sociedad civil, o, si se prefiere, de nuestro compromiso sociopolítico o ciudadano, es fruto de nuestra fe. Ante todo, de la fe en Dios Creador, el cual creó al hombre como un ser social . En ninguna parte de la revelación cristiana se autoriza a que el creyente sirva a Dios en un ámbito de la vida y se mantenga lejos de él en otro. Al ser Dios el Creador de todo, en todo debe ser servido. Cuando el apóstol Pablo se hace el planteo de la vida del cristiano en la tierra, se lo hace en los dos ámbitos: en la Iglesia y en la sociedad. En la carta a los romanos lo dice claramente. El sacrificio que Dios quiere no es la ofrenda de animales escogidos, sino la existencia humana vivida santamente en la Iglesia y en la ciudad de los hombres, en la "pólis". Para el Apóstol no hay un aspecto de la vida que esté eximido de ser vivido conforme al Evangelio. Recomiendo leer atentamente los capítulos 12 y 13 de la carta a los romanos. Lo mismo enseña el apóstol Pedro. Él se plantea claramente la vocación del cristiano a la santidad: "Así como aquel que los llamó es santo, también ustedes sean santos en toda su conducta" (1 Pe 1, 15-16). Ésta debe ser vivida, por cierto, en la Iglesia: "Ustedes se han purificado para amarse sinceramente como hermanos" (v.22). Pero tiene que ser vivida también en la sociedad civil: "Respeten a toda autoridad humana, como quiere el Señor: ya sea al rey, porque es el soberano, ya sea a los gobernadores, como delegados de él para castigar a los que obran el mal y recompensar a los que practican el bien. La voluntad de Dios es que ustedes, practicando el bien, pongan freno a la ignorancia de los insensatos. Procedan como hombres verdaderamente libres, obedeciendo a Dios, y no como quienes hacen de la libertad una excusa para su malicia. Respeten a todo el mundo, amen a sus hermanos, teman a Dios, honre al rey" (1 Pe 2,13-17).
IV. LA VOCACIÓN POLÍTICA UNIVERSAL Y LAS VOCACIONES POLÍTICAS PARTICULARES
La vocación política universal y la promoción del Bien Común 8. Porque Dios creó al hombre como ser social, o ser "político", creemos, por lo mismo, que el hombre tiene una vocación social, o política, innata. Éste, en virtud de lo que es, y, para serlo más y mejor, se asocia a sus semejantes, busca la convivencia social, crea la ciudad, la "pólis". De allí que el hombre sea un ser radicalmente "político". "Zóon politikón", "animal político": lo definía Aristóteles. No existe un hombre que no lo sea. Aún el ermitaño lo es. Es decir, hay una vocación universal del hombre a la "política", a construir la "pólis", a edificar la convivencia social o ciudadana, a promover el Bien Común. De ella nadie puede desprenderse sin traicionarse a sí mismo y sin pecar contra Dios creador. Podríamos llamarla "vocación política con mayúscula".
9. Lo que nos dice la fe, lo confirma la observación cotidiana. El hombre tiende naturalmente a asociarse con otros, para lograr su pleno desarrollo y promover el bien común. Y para ello, de común acuerdo con sus semejantes, crea instituciones y establece leyes que faciliten alcanzar esas metas a todos en general y a cada persona y grupo en particular. De allí, las diversas formas de convivencia social o política surgidas a lo largo de la historia: desde el clan familiar, la tribu, las diversas formas de monarquía, de república, hasta las democracias más avanzadas, donde cada ciudadano es plenamente respetado y éste respeta al conjunto de la ciudadanía . Excelencia de las vocaciones políticas particulares
10. Supuesta esta vocación universal del hombre a la "política" con mayúscula, cada ser humano tiene, además, su propia vocación particular, con la que sirve al prójimo y se gana el pan. Existe la vocación científica, la técnica, la artística, la económica, los múltiples trabajos para producir bienes, las diversas profesiones liberales, los variados servicios que necesitamos y nos prestamos los seres humanos. Son todas vocaciones particulares. Entre estas hay un tipo de vocaciones que podemos llamar vocaciones "políticas" con minúscula, orientadas a promover, en diverso grado y forma, la Vocación Política Universal. A ellas, como es natural, están llamados sólo algunos. Unos sirven a la ciudadanía en la administración pública. Otros participan del gobierno de la "república" ("res-publica": la cosa pública) en alguno de los tres poderes, llegando a un cargo a través de métodos dictados por leyes. Otros militan en un partido político con espíritu democrático para proponer a la ciudadanía la propia visión de la convivencia social. Vista la dignidad del fin que se proponen estas vocaciones políticas concretas, las mismas ocupan el rango más alto entre las vocaciones terrenales. Nada más noble que dedicarse ex professo a servir al bien común. El fiel cumplimiento de estas vocaciones políticas favorece el desarrollo de la justicia y de la paz. Y, consecuentemente, facilitan el surgimiento de las demás vocaciones, incluso la religiosa, no exceptuada la contemplativa. De allí, el lugar preeminente que la política ocupa en la filosofía social y en la teología moral, dado que esta es un ejercicio concreto de la virtud cardinal de la prudencia.
V. CRISIS DE LA POLÍTICA EN LA ARGENTINA
Dignidad e indignidad de la política 11. De allí, también, en contraparte, el desprecio que lo político se ha merecido en el imaginario popular. Y ello porque el ejercicio de la vocación política concreta, en vez de promover los fines de la Vocación política universal, (o lejos de promover el Bien Común), se convierte, con frecuencia, en fin de sí misma. Se da así origen a la burocracia estatal, al estilo prepotente de no pocos políticos y gobernantes, al caudillismo que ensalza a un líder pero castra al pueblo, al espíritu sectario de muchos partidos, a la pretensión hegemónica de los mismos, y así progresivamente hasta el totalitarismo de Estado. "Todo es política" es un dicho corriente que lastimosamente no significa "todo conflicto social tiene una solución posible y justa". Más bien significa lo contrario: "la política todo lo complica y ensucia". Sin embargo, la vocación política concreta, a pesar de todos sus desmadres, permanece siempre necesaria y merecedora de respeto. Así como millones de comuniones sacrílegas son incapaces de afectar la santidad de la Eucaristía, de igual manera acontece con la vocación política. Ningún ejercicio depravado de la misma la vuelve despreciable o superflua.
"¡Que se vayan todos!" 12. No hace todavía un lustro, el grito "¡Que se vayan todos!" pareció ser la reacción saludable de un pueblo herido en su dignidad por la dirigencia política que había traicionado su vocación. Hoy nos damos cuenta que apenas fue el grito de un sector social sorprendido con su dinero "acorralado" en el banco, engañado por el Congreso nacional que, por ley, le garantizaba el "uno a uno". Desde entonces, ¿cuánto hemos caminado los argentinos no sólo en la recuperación de la moneda, sino en la recuperación de la política, la más noble de las vocaciones terrenales? En una frase poco feliz, el presidente Dr. Eduardo Duhalde dijo que somos "una nación condenada al éxito". Con más realismo, el actual Presidente de la Nación, Dr. Néstor Kirchner, suele decir que "estamos todavía en el infierno". Esta afirmación, que vale de la economía, vale sobre todo del ejercicio de la vocación política. A no olvidar nunca que el colapso de la economía fue precedido por el colapso de la política concreta, sufrido por la administración pública, por los hombres políticos a cargo del gobierno, y por la trayectoria errática de los partidos políticos mayoritarios. Todo ello preparado a lo largo de décadas de irresponsabilidad en el ejercicio de la política. La historia demuestra que, para que un pueblo resurja de un desastre, no basta una recuperación económica coyuntural, por buena que fuere. Ésta será duradera sólo en la medida en que un país tenga una recuperación política profunda. El milagro alemán, fue un milagro más político que económico. La economía germana aniquilada por la devastación de los bombardeos aliados, el desmantelamiento de las industrias, los millones de fugitivos del Este, las reparaciones de guerra, el mantenimiento de las fuerzas de ocupación, se recuperó en pocos años una vez que Alemania hubo vomitado el veneno del nazismo.
Crisis de la autoridad 13. La Argentina tiene una posibilidad enorme de ser una gran Nación. Pero esta posibilidad no opera mágicamente. La Argentina no tiene otro "destino manifiesto" que el que surja del propósito de todo el pueblo de luchar por una convivencia social justa y pacífica, en la que se incluya a todos los argentinos, no excluido ninguno, y concretado con humildad, inteligencia, y el esfuerzo de todos: simples ciudadanos y gobernantes, Sin embargo, estos últimos, cualquiera sea el poder al cual pertenecen (legislativo, judicial, ejecutivo), tienen en esta hora una peculiar responsabilidad. No en vano son "gobernantes", "timoneles" del navío de la Patria. ("Gobernante" viene del griego "kybernétes", que significa "timonel"). Un buen timonel, el capitán, ha de tener idea clara de la nave que conduce, de la tripulación y pasajeros que trasporta, de la carga que lleva, del puerto al cual pone el rumbo, de los peligros a sortear, y tener mucha calma en la tempestad. Lo mismo la autoridad. Si se atolondrase en la tempestad, si se pusiese a gritar, se deterioraría su autoridad y pondría en peligro la nave de la Patria.
14. Que en la historia moderna haya habido crisis de autoridad, ¿quién lo podría negar? Puesto que a los argentinos nos gusta visualizar la autoridad en la figura del Presidente de la Nación, ciñámonos, por un momento, a contemplar las crisis que ésta ha debido soportar. La última, no muy resonante, fue la renuncia del Dr. Eduardo Duhalde, meses antes de completar el cuatrienio del Dr. De la Rua. La de éste, el 21 de diciembre de 2001, fue la más espectacular, apenas había completado el primer bienio de su mandato. Y antes, fue la reelección del Dr. Carlos Menem por cuatro años, favorecida por una reforma de la Constitución nacional promovida por él, si bien antes había jurado ejercer el cargo por seis años sin reelección consecutiva. Ésta, más que un acto de fortaleza, fue un acto de debilidad moral, por parte de todos: del Presidente Menem, de los constituyentes que reformaron la constitución nacional a su gusto y ganas, de la opinión pública que avaló dicha reforma. Ni qué decir de los tozudos esfuerzos del Dr. Menem por la"re-reeleción". Tampoco estuvo carente de crisis la autoridad del Dr. Ricardo Alfonsín, el cual tuvo que abandonar el cargo de Presidente seis meses antes de su culminación. Y salteando los presidentes de facto, y viniendo a los constitucionales: Isabel Martínez de Perón fue un caso típico de autoridad en crisis. Era doloroso ver a su lado a López Rega soplándole la letra del discurso en el balcón de la Casa Rosada, y constatar a diario cómo la guerrilla revolucionaria ponía en jaque al ejército argentino y amenazaba apoderarse de la República. ¿Y el General Perón? Él está en el Olimpo de los próceres. La mayoría de los argentinos no nos atrevemos a decir nada que pudiere parecerse a una mácula en su fama, máxime que en los últimos tiempos se mostró muy sabio. Pero séame lícito señalar al menos una, dado que también él fue un hombre. Si bien presentarse a la última elección presidencial puede ser considerado un gesto de fortaleza, (él se justificó haciendo público un certificado médico sobre su deteriorada salud), ¿podríamos decir lo mismo del hecho de hacerse acompañar por su mujer como integrante de la fórmula presidencial? La fórmula "Perón-Perón" rimaba bien. Pero debilitó la fuerza profética del abrazo Perón-Balbín, tan promisorio para la reconciliación entre los argentinos. ¿No previó el General que la sucesión de su mujer fortalecería a la guerrilla ya desatada y abriría aún más la puerta al infierno del terror de Estado, que ya se había entreabierto? ¿Y qué decir del inefable Presidente Lastiri? ¿Y del Presidente Cámpora?
Pueblo, gobierno y poder 15. El slogan "Cámpora al gobierno, Perón al poder", era un ingenioso estribillo para enojar a los militares, pero no dejaba de ser la señal de una concepción política antidemocrática. Aunque pudiere parecer extraño, este peligro aun persiste. "No se olviden que ustedes tienen el gobierno, pero nosotros tenemos el poder": escuché decir no hace mucho, en tono amenazante, dando a entender que importaría poco la mayoría de los votos emitidos por la ciudadanía, porque el poder seguiría siempre en manos de grupos iluministas que se creen ser la encarnación del pueblo argentino. Muchas cosas han cambiado en la Argentina. Pero el fenómeno de la intolerancia política, que no admite oposición, en vez de desaparecer, se ha vuelto endémico.
Crisis de las instituciones 16. ¿No fue éste iluminismo el que, en 2001, puso en marcha el golpe que volteó al presidente De la Rúa? Se me responderá que fue él quien se volteó a sí mismo con la parálisis de su gobierno. Concediendo que en ello haya una cuota grande de verdad, ¿por qué no se promovió el juicio político para destituirlo? ¿Faltaban hombres honestos y valientes para llevarlo a cabo? Se prefirió la amenaza pública de voltearlo y se procedió a ejecutarla ante la indiferencia de todos, incluida la Justicia. Amenaza, por lo demás, que vino desde varios sectores sociales, entre los que hubo voceros del propio partido. Hoy, en vez de condenar la catástrofe política acaecida, analizarla, y sacar lecciones para el futuro, nos contentamos con ironizar con la somnolencia del gobierno de De la Rúa. Lo mismo vale del caso de la Presidenta Isabel Martínez de Perón. ¿Por qué, en vista del desgobierno del País, no se procedió al juicio político para destituirla, y, en cambio, se dejó venir (¿o se alentó?) el nefasto golpe militar del 24 de marzo de 1976?
17. En la historia argentina, hay una tendencia enfermiza a concentrar el poder en quien preside el ejecutivo provincial o nacional. No nos damos cuenta que con ello, en vez de fortalecer su autoridad, la debilitamos. Puede suceder con ella lo que pasó con la colosal estatua soñada por el rey Nabucodonosor: su cabeza era de oro, su pecho y brazos de plata, su vientre y lomos de bronce, sus piernas de hierro, sus pies parte de hierro parte de arcilla. Bastó que una piedra se desprendiese de la montaña y golpease los píes de la gigantesca estatua, y ésta se desplomó y pulverizó (cf Daniel 2,31-35).
Crisis de la ciudadanía 18. Pero la crisis política argentina no es sólo de la cabeza. La misma ciudadanía argentina está gravemente enferma. Podemos visualizar esta enfermedad en dos hechos sintomáticos: a) la excesiva dependencia de un líder; b) el poco aprecio de los bienes públicos. En cuanto a lo primero: muchos están pendientes de un líder que aparezca en un balcón, sea el de la Casa Rosada, sea el de la casa de gobierno de una remota provincia. No importa quien se asome, así fuere el general Galtieri, con tal que prometa resolverles los problemas y los libere de la responsabilidad de formarse su propio juicio, tomar decisiones personales y realizar los esfuerzos que corresponda. Se los halla en todas las clases sociales. En las más humildes: trabajadores y excluidos. Y en la clase media y alta. Muy al contrario de lo acontecido en Italia y en España, a la caída de sus regímenes totalitarios . En la Argentina alardeamos de demócratas, pero, de hecho, añoramos muchas veces el absolutismo de las antiguas monarquías. Si la democracia consistiese sólo en votar, la cultura argentina sería democrática. Pero si democracia es un estilo de vida social, que promueve la personalidad y responsabilidad de cada ciudadano, fomenta el diálogo civilizado entre los sectores que tienen visiones diferentes, respeta las instituciones: hemos de admitir, entonces, que somos una democracia rudimentaria.
19. En cuanto a lo segundo: es notable el poco aprecio, por no decir el desprecio por los bienes públicos que, con harta frecuencia, se tiene en la Argentina. Lo cual indica una muy pobre comprensión del Bien Común. Al respecto vale la pena recordar lo que dijimos los Obispos en la carta pastoral antes citada: "Aun cuando "bien público" y "bien común" no son sinónimos, el primero está referido al segundo, porque es obtenido con el aporte de todos y para el servicio de todos. Es de lamentar que, para algunos, "público" adquiera un sentido totalmente contrario. No sería ya lo de todos, para el servicio de todos, adquirido con el aporte de todos, que por todos debe ser custodiado y defendido, sino lo de nadie, puesto allí para apropiarnos de él, dañarlo, destruirlo, o distribuirlo discrecionalmente entre amigos y clientes. Educar en el respeto de los bienes públicos es uno de los grandes desafíos que han de enfrentar la familia, la escuela, la catequesis y los medios de comunicación social. Sin este respeto sería muy arduo convivir armónicamente y muy difícil construir una república" (n. 8).
20. Después de los vergonzosos sucesos de la quinta de San Vicente, ¿alguien puede dudar que en la Argentina hay poco aprecio de los bienes públicos y gran desprecio del Bien Común? Se dirá que "no hay que generalizar", que "fue un grupo minúsculo", que "no hay que quedarse en la superficie, sino buscar a los autores intelectuales", "que se ha de mirar a quiénes interesaba que fracasara ese día", "que no hay que olvidar el contexto internacional", y otras lindezas que somos capaces de proferir para no hacernos cargo de la gravedad de los hechos. Pero es innegable que las barras que se trenzaron a golpes, palos y tiros, lo hicieron ostentosamente, sin pudor alguno, ante los ojos de todo el mundo, conscientes de que se encuentran ante una ciudadanía débil. Como si nos dijesen: "De ustedes nos importa un bledo. Hacemos lo que se nos canta. ¡Y cuidadito, porque no saben lo que les podría pasar!". O sea, para ellos la ciudadanía argentina no es freno moral para no cometer un crímen de la naturaleza que se ha visto. Sin duda que los violentos comparativamente son pocos, pero también son fuertes, gracias a la debilidad de los muchos y a la claudicación de la autoridad . Antes los hechos del pasado 17 de octubre, muchos hemos recordado la matanza entre grupos enfrentados, el 20 de junio de 1973, cuando el General Perón no pudo descender en Ezeiza . Ahora recapacito y me digo: "¿por qué no compararlo al 21 de diciembre de 2001?" El Presidente dijo que fue un acto contra él. Aunque no sea fácil descubrir la lógica que habría entre esa guerra campal y un ataque al Presidente, no es excesivo pensar que haya sido así. ¿Acaso la demencia tiene lógica? Hay que abrir los ojos porque, desde la instauración de la democracia, y por la debilidad que viene mostrando la autoridad ante hechos de esta naturaleza, el grupo de los violentos ya suma varias decenas de miles. Una especie de seudo ejército, que constituye una peligrosa hipoteca para el futuro de la Argentina.
VI. POR UNA DEMOCRACIA SANA EN LA ARGENTINA: SUPERAR LA ANOMIA CIUDADANA Y EL ABUSO DE LA AUTORIDAD
NB.: Aquí debería redactar unas reflexiones sobre cómo establecer y fortalecer una democracia sana. Lo cual debería ser, en la Iglesia, materia obligatoria de la catequesis social, que se habría de impartir al menos desde la preparación al sacramento de la Confirmación. Para ello apuntaría a dos temas. Primero, superar la anomia ciudadana, o desprecio por la ley, e inculcar el aprecio al cumplimiento de la Ley. Segundo, rescataría la tradición judeocristiana de resistir a la autoridad cuando ésta ordena algo contra la Ley de Dios y el Bien Común. Para esto último contamos con una enseñanza bíblica muy rica, casi olvidada en nuestra Catequesis: el libro de Daniel, el martirio del anciano Eleazar, el de los siete hermanos, la enseñanza de los Apóstoles, que respetaban a la autoridad, a la vez se oponían a ella (cf Hch 4,19; 5,29), las actas de los mártires cristianos de los primeros tres siglos. Respetar al César, orar por él y obedecerle, pero a la vez oponerse a él con la verdad, sin violencia alguna, toda vez que éste pretenda ponerse en un lugar que sólo le corresponde a Dios, dispuesto para ello incluso a ir a la cárcel y hasta soportar el martirio con la gracia de Dios: es una fórmula típicamente cristiana, capaz de fomentar una democracia adulta. Los pastores hemos de preguntarnos si nuestra Catequesis sobre la enseñanza bíblica que toda autoridad que viene de Dios (cf. Romanos 13,1; Juan 19,11), no ha caído a veces en el literalismo y fomentado una veneración idolátrica de la autoridad. Cómo combinar el principio enunciado del origen de la autoridad y la libertad de espíritu frente a los equivocados comportamientos de la misma: es un lindo desafío catequístico. El Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, del Pontificio Consejo Justicia y Paz puede orientarnos para ello. Este nos habla de: a) la autoridad como fuerza moral (cf. CDSI 396-398); b) el derecho a la objeción de conciencia (cf CDSI 399); c) el derecho de resistencia a la autoridad (cf. CDSI 400-401). Y todo esto en el capítulo sobre la Comunidad Política, que trata de: d) Comunidad política, persona humana y pueblo (cf. CDSI 384-387); e) la tutela de los derechos humanos (cf. CDSI 388-389); f) la convivencia basada en la amistad social (cf CDSI 390-392); g) el fundamento de la autoridad política (cf. CDSI 393-395); h) el derecho y el deber de infligir penas (cf. CDSI 402-405); i) el sistema de la Democracia (cf. CDSI 406-416); j) la comunidad política al servicio de la comunidad civil (cf. CDSI 417-420). Pero para esto hoy no me alcanza el tiempo. Mons. Carmelo Giaquinta, arzobispo emérito de Resistencia San Miguel de Tucumán, 21 de octubre de 2006 |
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