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Ciudadanía e Inclusión Social: Desafío y Tarea |
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El reciente proceso eleccionario vivido en la provincia de Misiones nos mueve a los bautizados laicos, a intentar esbozar algunas reflexiones. La primera de ellas es que por sobre las prebendas, las dádivas y los procedimientos espurios, la voz de la ciudadanía surgió clara y contundente para expresar sus derechos y responsabilidades en defensa de la calidad de las instituciones. Por encima de esa circunstancia puntual, se plantea otra mirada significativamente importante y trascendente: está abierto en el país el esperanzador camino que lleva a la construcción de una verdadera ciudadanía. Camino que conlleva dificultades, pero que se presenta como la opción válida para ser capaces, como Nación, de encarar de una vez y plenamente, un proyecto de país que surja de consensos y de acuerdos logrados a partir de un diálogo inclusivo, participativo y federal. Tenemos que invitar a todos nuestros hermanos y conciudadanos a transitar este camino, mostrando lo que significa ser ciudadanos, ejerciendo los derechos y cumpliendo las obligaciones, en un marco de respeto mutuo y de diálogo fecundo. La realidad también nos muestra que para transitar ese camino, y aquí planteamos una tercera reflexión, hace falta una acción pastoral que tenga a la construcción de la ciudadanía como eje fundamental. Y para ello, todos los miembros de la Iglesia estamos comprometidos, cada uno desde su función específica. Si comprometerse es, etimológicamente, estar con el otro, mirando hacia el futuro, todos, con lo que somos y tenemos, estamos llamados a ser protagonistas y signos vivos de este momento. No hay excusas ni demoras; este es el tiempo de Dios, en definitiva, es nuestro tiempo, al que tenemos que iluminar con la luz redentora del Evangelio. Tenemos que sentirnos felices de vivir en esta época de cambios profundos y universales, porque se nos ha dado la oportunidad de crear algo nuevo. Si somos meros espectadores; si miramos pasivamente como otros criterios, principios y valores van conformando una cultura alejada del Evangelio, tendremos que dar cuenta ante el Señor de la Historia de nuestra inacción. No esperemos algo de afuera; sólo contamos con lo que cada uno tiene que hacer. El conocimiento, la difusión y la vivencia de la Doctrina Social de la Iglesia aparece como el medio providencial que nos permitirá transitar un itinerario formativo que nos permita dar razón lúcida y coherente de nuestra fe. A nosotros, los bautizados laicos, se nos presenta este tiempo difícil y contradictorio, pero apasionante y esperanzado. Nuestro compromiso en la construcción del bien común de nuestra Patria reclama una participación comprometida y protagónica, sabiendo que en la transformación de las realidades temporales se juega nuestra santificación. Ese itinerario formativo será integral en la medida que nos impulse a participar de la acción política y de las diversas estructuras de la vida social. La última reflexión expresa la intrínseca relación que existe entre ciudadanía e inclusión social: en la medida que nuestra dimensión ciudadana crezca y se consolide; en la medida en que apasionadamente, vivamos la solidaridad y el servicio, en esa misma medida podremos asumir el desafío de construir una Patria sin excluidos. Los pobres y los excluidos son personas, hermanos nuestros rescatados por la sangre redentora de Cristo; no son ni números ni estadísticas ni porcentajes. Hiere a nuestra condición humana la presencia de uno solo de nuestros hermanos privado de sus derechos esenciales: una vida digna, trabajo, salud, educación, vivienda. Este es el desafío para este tiempo: ser ciudadanos para construir una Patria sin excluidos. Estas realidades deberán ocupar el centro de la acción evangelizadora de la Iglesia como un aporte a la calidad democrática de las instituciones y a la dignidad de vida de nuestros conciudadanos. |
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