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El marco social regresar
Lo primero que
cabe señalar es que nuestro país y por lo tanto nuestra
Iglesia entra, en mayor o en menor medida, dentro de
las generales de la ley de lo que vive nuestro continente
latinoamericano. Estamos dejando atrás una época y
comenzando una nueva en la historia de la humanidad. Este
cambio epocal se ha generado por los enormes saltos
cualitativos, cuantitativos, acelerados y acumulativos que se
dan en el desarrollo científico, en las innovaciones tecnológicas
y en sus aplicaciones muy rápidas y variadas en distintos
campos de la naturaleza y de la vida. Estamos en la era del
conocimiento y la información. Quien posea y maneje estos dos
elementos es dueño del poder.
Esta nueva realidad de las ciencias y
tecnologías de información e intercomunicación cibernética
favorece el desarrollo globalizado del universo financiero, de
la economía, de la producción y del mercado, principalmente
dentro del nuevo orden económico mundial, de perfil neoliberal,
de mercado libre y abierto. Esta globalización, como
ideología económica y social, ha afectado negativamente a
nuestros sectores más pobres. Las injusticias y desigualdades
son cada vez mayores y más profundas. Todo entra dentro del
juego de la competitividad y de la ley del más fuerte, en el
que el poderoso se come al más débil. Como consecuencia de
esta situación grandes masas de la población se ven excluidas
y marginadas.
Ya no se trata simplemente del fenómeno de la
explotación y opresión, sino de algo nuevo: con la exclusión queda
afectada en su misma raíz la pertenencia a la sociedad en la
que se vive, pues ya no se está en ella abajo, en la periferia
o sin poder, sino que se está fuera. Los excluidos no son
“explotados” sino “sobrantes”.
Se ha generado una cultura dualista donde
lo que parece más moderno y progresista convive al lado de lo más
antiguo y miserable. Esta cultura tiene como horizonte una visión
individualista y un afán consumista en el que predomina una
preocupación económica. Por consiguiente, somos testigos de
una profunda crisis de valores y de las instituciones
tradicionales. Esto trae como consecuencia el hecho de que en
estos últimos años observamos un fortalecimiento de algunas
expresiones de sub culturas minoritarias que, copiando modelos
del primer mundo, reclaman públicamente el reconocimiento de
sus derechos.
En la cultura predominante de corte
neoliberal, lo exterior, lo inmediato, lo visible, lo rápido,
lo superficial ocupan el primer lugar y lo real cede el lugar a
la apariencia.
La globalización ha significado un
acelerado deterioro de las raíces culturales con la invasión
de las tendencias pertenecientes a otros ethos culturales
manifestada en el tipo música, negocios de comida, centros
comerciales, medios de comunicación, etc.
Por todo esto, con dolor no dejamos de
preguntarnos si de verdad aún existe una identidad y
solidaridad como pueblo que vaya más allá de ciertas ideologías
“ocasionalistas”.
También resulta preocupante la ausencia
de ideas, ya que se busca más bien una asimilación de lo ya
establecido globalmente y ajeno a la propia idiosincrasia para
superar la falta de creatividad y de visiones.
La situación de
la Iglesia en nuestro país regresar
El substrato católico
de nuestra cultura es una realidad viva. Encontramos en amplios sectores
de nuestro pueblo, sobre todo en los más necesitados, una
reserva moral que guarda valores de auténtico humanismo
manifestados en la solidaridad, la reciprocidad, la participación
ofreciendo verdaderos espacios de vida comunitaria. No podemos
sin embargo desconocer también sus debilidades: el machismo, el
alcoholismo, el excesivo temor al castigo divino, la superstición,
la creencia en la mala suerte y en el fatalismo que incluso hace
recurrir a la brujería.
La tradición católica de nuestro pueblo
se enfrenta hoy con el desafío del pluralismo religioso y de la
proliferación de movimientos religiosos. La multiplicación de
estos movimientos es, por una parte el resultado de una reacción
del sentimiento religioso frente a la sociedad materialista,
consumista e individualista; y por otra parte un aprovechamiento
de las carencias de la población que vive en las periferias y
zonas empobrecidas, de aquellos que se encuentran en medio de
dolores humanos grandes y buscan soluciones inmediatas para
estas necesidades. Estos movimientos religiosos se caracterizan
por su sutil penetración viniendo a llenar, dentro del
individualismo imperante, un vacío dejado por el racionalismo
secularista. Esta “espiritualidad” está centrada en la búsqueda
de un bienestar individual, que niega el sufrimiento como parte
de la vida, recurre a la autoayuda o al seudo milagro para
alcanzar sus metas, sin un ulterior compromiso con la sociedad.
En necesario que reconozcamos que si parte
de nuestro pueblo bautizado no experimenta su pertenencia a la
Iglesia se debe, en muchos casos, a una evangelización
superficial de gran parte de la población, un catolicismo de
tradición sin catequesis ni vida sacramental; y también por la
existencia de estructuras y clima poco acogedor en algunas de
nuestras parroquias y comunidades; y, en algunos sitios, de una
liturgia eminentemente intelectual y verbal y una actitud burocrática
para dar respuesta a los problemas complejos de la vida de
los hombres de nuestro pueblo.
La secularización regresar
El proceso de secularización tiende a
reducir a la fe y a la Iglesia Católica al ámbito de lo
privado y de lo íntimo. El secularismo, al negar toda
trascendencia ha producido una creciente deformación ética, un
debilitamiento del sentido de pecado personal y social, un
progresivo aumento del relativismo moral que ocasionan una
desorientación generalizada, especialmente en la etapa de la
adolescencia y juventud tan vulnerable a los cambios.
Los obispos en el año 1990 en el
documento “Líneas pastorales para la nueva Evangelización”
señalábamos dos grandes desafíos: “el secularismo como un
fenómeno que “afecta directamente a la fe y a la religión al
dejar de lado a Dios” y “una justicia largamente
esperada”. Esto tiene una consecuencia para la vida social:
“Al prescindir de Dios se despoja al hombre de su referente último
y los valores pierden su carácter de tales, convirtiéndose en
ídolos que terminan degradándolo y esclavizándolo”. En el
segundo, el tema central era la justicia: “a los argentinos se
nos presenta el desafío de superar la injusticia, construyendo
una patria de hermanos mediante la solidaridad y el sacrificio
compartidos”.
Trece años después la situación se tornó
más grave y los obispos presentamos en el documento “Navega
mar adentro” un solo desafío: la crisis de la civilización y
la cultura. De éste se siguen otros cuatro relacionados con
dicha crisis: “la búsqueda de Dios”, “el escándalo de la
pobreza y la exclusión social”, “la crisis del matrimonio y
la familia” y “la necesidad de una mayor comunión”.
Para los obispos esto no significa que los
desafíos anteriores hayan desaparecido. En efecto, “el
secularismo” está planteado en el punto “la búsqueda de
Dios”; y la “justicia largamente esperada” está presente
en “el escándalo de la pobreza y la exclusión”. El desafío
radical y englobante que se nos presenta es la
profunda crisis de valores de la cultura”.
A pesar de toda esta corriente secularista
en nuestra patria, la Iglesia Católica goza ante la opinión pública
de ser una institución creíble, confiable en lo que respecta
al ámbito de la solidaridad y de la preocupación por los más
carenciados de todo tipo.
Son esperanzadoras las experiencias de
dialogo y labor ecuménicas con las Iglesias históricas y las
comunidades evangélicas serias, en vistas al sostén y acompañamiento
del pueblo en momentos críticos que, partiendo del plano económico,
han tenido repercusiones en el social y en la convivencia
ciudadana. Durante la crisis que afectó al país a partir del año
2001 la Iglesia Católica tuvo gran importancia como creadora y
moderadora del dialogo ciudadano. Esto pone de manifiesto la
confiabilidad que muestra, fruto de la libertad frente a todo
tipo de partidismo o ideología.
En los últimos años se han implementado
mayores estructuras de comunión y participación mediante los
planes pastorales de conjunto, asambleas pastorales y sínodos
diocesanos. A pesar de la irreligiosidad reinante las
parroquias, las capillas en las zonas periféricas, las
comunidades eclesiales de base atendidas por diáconos
permanentes, religiosas y religiosos o laicos siguen manteniéndose
como espacio de comunión, participación, socialización, auténtica
evangelización y catequesis, y práctica de los ministerios
laicales.
Los laicos regresar
Sin lugar a dudas ha crecido la conciencia
de la identidad y la misión del laico en la Iglesia. Se
cuenta con un numeroso laicado, aunque no suficiente, con
arraigado sentido de comunidad y una gran fidelidad en el
compromiso de la caridad, la misión, la catequesis y el
apostolado. Pero, la toma de conciencia de esta responsabilidad
laical que arranca del bautismo no se manifiesta de la misma
manera en todas partes; en algunos casos porque no se encuentran
debidamente preparados para asumir responsabilidades; en otros
porque no encuentran espacio en sus Iglesias particulares para
poder expresarse y actuar a raíz de un excesivo clericalismo
que los mantiene al margen de las decisiones y de una
participación más activa.
Si bien es cierto que hay una mayor
participación de muchos laicos en los ministerios laicales,
este compromiso no se refleja en la penetración de los valores
cristianos en el mundo social, político y económico, sino que
se limita muchas veces a las tareas intraeclesiales sin un
compromiso real por la aplicación del Evangelio a la vida y
transformación de la sociedad.
La formación de laicos y la evangelización
de los grupos profesionales e intelectuales constituyen un
verdadero desafío pastoral prioritario y urgente. La
evangelización de los nuevos grupos emergentes de la modernidad
y en situación urbana presentan un contexto novedoso porque la
gran parte de ellos no han cambiado ni abandonado a la Iglesia
sino nacieron fuera de ella.
La pastoral juvenil regresar
La pastoral juvenil, tal como estábamos
acostumbrados a llevarla adelante ha sufrido el embate de los
cambios sociales, y los jóvenes, en las estructuras habituales,
muchas veces no encuentran respuestas a sus inquietudes,
necesidades, problemática y heridas. La proliferación y
crecimiento de asociaciones y movimientos con características
predominantemente juveniles pueden ser interpretados como una
acción del Espíritu que abre caminos nuevos acordes a sus
expectativas y búsquedas de espiritualidad profunda y de
sentido de pertenencia más concreto. Se hace necesario,
sin embargo, ahondar en la participación de éstos en la
pastoral de conjunto de la Iglesia, así como a una mayor comunión
entre ellos y una mayor coordinación de la acción.
Si bien es difícil abordar a los jóvenes,
se está creciendo en dos aspectos: la conciencia de que es toda
la comunidad la que los evangeliza y la urgencia de que ellos
tengan un protagonismo mayor que les permita valorar y descubrir
el sentido de sus vidas.
Prueba de ello es la participación que
tienen los jóvenes en grupos de servicio y de misión y en
diversas experiencias misioneras en las diócesis propias como
también de colaboración con otras diócesis.
Las vocaciones regresar
Las vocaciones sacerdotales han decrecido
y las que hay son, a veces, síntoma de una sociedad cambiante y
superficial. También influye la falta de espacio interior de
muchos jóvenes para buscar la propia vocación por la necesidad
de encontrar salidas inmediatas que los lleven a solucionar
problemas económicos apremiantes. En otros casos la
ausencia de fervor apostólico en las comunidades no siempre
entusiasman para suscitar vocaciones.
Pero, a pesar de la escasez vocacional, se
tiene más clara conciencia de la necesidad de una mejor selección
de los candidatos al sacerdocio. Se han creado instancias
eclesiales para la promoción, acompañamiento y formación de
las vocaciones, como así también para el sostenimiento
espiritual y la formación permanente durante los primero años
del ministerio. En las últimas generaciones se comprueba una
fragilidad y una falta de consistencia, que lleva en algunos
casos a la deserción del ministerio al poco tiempo de
ordenados.
El clero diocesano y
los religiosos regresar
En la formación sacerdotal inicial, y en
la permanente, se está haciendo mayor hincapié en el campo
afectivo para que, con la madurez humana y cristiana, se viva
con equilibrio, alegría y con un sentido de donación el
celibato sacerdotal. Advertimos como una luz en esta realidad,
entre los miembros del clero diocesano y de la vida religiosa,
el deseo de vivir una espiritualidad más radical en el servicio
pastoral, y también generosidad para la inserción y la elección
de trabajos en situaciones pobres o difíciles.
La escasez de ministros ordenados en
amplias zonas de nuestro país pone de manifiesto la generosidad
y el trabajo arduo y abnegado de muchos sacerdotes y religiosos.
Es de valorar el celo evangelizador,
caracterizado por la creatividad pastoral, el espíritu
misionero y la cercanía a los más alejados. Se crece en la
valoración de la fraternidad sacerdotal, de la vida en
austeridad y la preocupación por los más pobres. A diferencia
de otros momentos de nuestra historia, no hay excesivas
acentuaciones ideológicas ya sea de izquierda como de derecha y
existe un extendido respeto y fidelidad al Magisterio de la
Iglesia.
Las sombras se manifiestan en el
aislamiento en el que muchos se envuelven, en la búsqueda de
realizaciones personales a través de la Iglesia y en el
sedentarismo y aburguesamiento de otros. Si bien no es lo más
general, en algunos lugares hay pocos que hacen mucho y muchos
que hacen poco.
La inestabilidad y falta de permanencia de
muchos religiosos y religiosas tiende a constituir un problema
pastoral. También se ve la necesidad de una mejor articulación
con los institutos y congregaciones dedicados a la educación en
el trabajo pastoral diocesano.
Esto nos llama a seguir trabajando para
lograr la colaboración de todos en la pastoral de conjunto que
supere protagonismos, individualismos y los efectos de la
falta de estabilidad. El diaconado permanente es una
realidad en constante expansión en algunas diócesis y se
estima su significativa contribución, aunque se reconocen todavía
algunas dificultades para una adecuada y equilibrada ubicación
pastoral en el quehacer de la Iglesia.
La conferencia
Episcopal regresar
Con una extensión territorial tan vasta
como la que posee la Argentina con tipos culturales tan diversos
no resulta fácil la implementación de políticas pastorales
que concilien lo diverso. Sin embargo la Conferencia Episcopal
ha ido creciendo como referente real y promotora concreta de la
pastoral a nivel nacional a través de grandes líneas
evangelizadoras. También ha acentuado su presencia desde una
labor de iluminación y orientación en los problemas sociales y
morales por los que atraviesa nuestra sociedad. En repetidas
ocasiones ha servido de mediadora en favor de la solución de
problemas que afectan la paz, la concordia, la tierra, la
defensa de la vida, los derechos humanos, los derechos cívicos
etc..
La parroquia
regresar
La parroquia, sigue siendo la referencia
pastoral concreta y actual. Se descubre su necesidad de
organicidad y comunión en la labor pastoral junto con otras
instancias pastorales. En las parroquias se observa una búsqueda
de la vivencia del sentido comunitario de la Iglesia. La
organización de las regiones pastorales, vicarías, decanatos
han ayudado mucho para llevar adelante planes orgánicos de
pastoral. Pero no se puede dejar de reconocer que, en algunos
casos en el ámbito parroquial, se sigue dando el predominio de
lo administrativo sobre lo pastoral, así como la
sacramentalización sin evangelización.
Pastoral familiar regresar
La familia atraviesa una crisis profunda y
la respuesta de la pastoral familiar, conyugal y prematrimonial,
resulta insuficiente. En la sociedad el matrimonio como
sacramento ha perdido mucho valor. Un desafío para los pastores
y los agentes de pastoral es el de algunas situaciones
matrimoniales impedidas de recibir el sacramento del matrimonio
y de la Eucaristía: ayudarlos participar de la vida de la
Iglesia. Otras veces, que pudiendo recibirlo y no lo han
recibido, animarlos y acogerlos en la parroquia para que puedan
hacerlo. La catequesis familiar ha sido un aporte muy importante
en la vinculación de las familias a la vida de la Iglesia, pero
está en crisis.
Catequésis
regresar
La pastoral de catequesis sigue siendo un
medio privilegiado para transmitir y vigorizar la fe de la
comunidad. La catequesis en nuestro país es uno de los pilares
de la acción pastoral y se experimenta como momento esencial
del proceso evangelizador. Los intentos y trabajos de los últimos
años tratan de no limitarse a fomentar el modelo tradicional
del «buen cristiano» o del «fiel practicante», sino que van
en la búsqueda de la promoción de verdaderos creyentes,
de fe personalizada, suscitando la opción por el Evangelio,
evangelizados y evangelizadores. En este proceso se le ha dado a
la acción y vinculación con la familia un lugar preponderante.
Hoy se tiende a una catequesis que esté vitalmente
inserta en la globalidad del proyecto pastoral de la comunidad
cristiana.
Se notan esfuerzos por una catequesis más
bíblica, vivencial y comprometida, aunque hace falta mejor y
mayor preparación bíblica y teológica tanto en los agentes de
pastoral como en los catequistas.
La pastoral bíblica está abriendo
espacios para una amplia formación y crecimiento espiritual del
pueblo de Dios.
La pastoral social regresar
Muchos cristianos viven aún una separación
entre fe y vida que se manifiesta particularmente en la falta de
un claro testimonio de los valores evangélicos en su vida
personal, familiar y social. Si bien en la misma sociedad y
entre los fieles de la Iglesia existe una brecha grande entre
pobres y ricos que tiende a aumentar, hay que notar el
crecimiento de la solidaridad y de la conciencia del deber de la
caridad. Esto queda de manifiesto en que, si bien en muchos ámbitos
ha crecido la pobreza y la miseria, también se han multiplicado
las iniciativas, muchas de ellas laicales, de solidaridad y
ayuda generosa.
La pastoral social se encuentra en todo el
contexto eclesial como animadora de una dimensión de la fe que
no es solamente un servicio asistencial, que siempre será
necesario, sino también en acciones de promoción y en la
formación de una conciencia solidaria. En los últimos años
han crecido en variedad e intensidad gestos y signos solidarios
concretos.
En algunos colegios católicos se da un
franco descuido de la formación de la fe y su incidencia en lo
social.
Piedad popular regresar
La piedad popular está arraigada en el
corazón y en la vida del pueblo, a tal punto que muchas de las
tradiciones religiosas que perviven dan identidad al pueblo en
sitios y situaciones concretas. Los Santuarios en nuestro país
además de ser los grandes lugares de expresión de la fe
popular se han convertido en lugares privilegiados de conversión
y evangelización. También es cierto que muchas veces el acento
se ha puesto más en las formas exteriores de tradiciones y
devociones que en los contenidos de la fe de las mismas.
Descubrimos en esta piedad popular un punto de anclaje que
necesitamos comprender, respetar y evangelizar. Si bien por una
parte aparece a veces un cristianismo de devociones, junto a una
vivencia individual de la fe, sentimental; también encontramos
valores que pueden ser el punto fuerte para construir una
sociedad más justa: la solidaridad con la persona que sufre, la
sensibilidad social por el necesitado, el querer ayudar a quien
no tiene, la fortaleza de la fe que se expresa sobre todo en los
momentos de crisis y de desesperación recurriendo a Dios para
encontrar consuelo y esperanza, la acogida al extraño, y la
capacidad de compartir. Es urgente una fuerte catequesis en la
piedad popular.
Conclusión
regresar
Iniciado
en el documento del episcopado argentino mencionado al comienzo:
“Líneas pastorales para la nueva evangelización” del año
1990 y continuando en el documento “Navega Mar adentro”
nuestra Iglesia en Argentina se encuentra transitando un camino
de conversión pastoral en clave evangelizadora que implica una
dinámica profundamente eclesial, misionera e inculturada con el
intento de llegar a los bautizados alejados y no bautizados. La
dimensión misionera hoy no se concibe como una actividad al
margen o paralela a las otras actividades pastorales, sino que
está en el corazón de su misma vitalidad evangelizadora.
Haciendo un apretado resumen desde la óptica
del Documento de Síntesis podemos decir: Los tres macrodesafíos
que se interpenetran recíprocamente, asumen de forma sintética
los cambios epocales descriptos en la Síntesis de Aportes
recibidos (DSIN 49-79) y los cinco desafíos que la Conferencia
Episcopal Argentina expresó en “Navega mar adentro” (NMA
21-48). El primero se refiere a la relación de la persona y del
pueblo de Dios en la Iglesia (religión); el segundo a la relación
de los hombres entre sí en la sociedad (justicia); el tercero
afecta de forma transversal a las distintas comunidades
sociales y los diversos órdenes de la cultura (comunión).
- En el orden
religioso: la ruptura en la transmisión generacional de
la fe cristiana en el pueblo católico. Afirmamos la
vigencia de la piedad popular católica como forma viva de
la inculturación y la comunicación de la fe, pero en la últimas
décadas notamos un cierta desidentificación con la tradición
católica, la falta de su trasmisión a las nuevas
generaciones y el éxodo hacia otras comunidades (en los más
pobres hacia el evangelismo pentecostal y algunas sectas
nuevas) y experiencias (en las clases medias y altas hacia
vivencias espirituales alternativas) ajenas al sentido de la
Iglesia y su compromiso social. Algunas causas son la
crisis del dialogo familiar, la influencia de los medios de
comunicación, el subjetivismo relativista, el consumismo
del mercado, la falta de acompañamiento pastoral a los más
pobres y nuestra dificultad para recrear la adhesión mística
de la fe en un escenario religioso plural: Se agrava el
diagnóstico de Puebla: la fe y la religión popular están
en una “situación de urgencia” sometidas a una
“crisis decisiva” (DP 460). Hay que generar un mayor
fervor discipular y apostólico que asuma nuestra
sensibilidad religiosa y encuentre nuevos caminos para
comunicar la fe.
2. En la dimensión
social: Una inequidad escandalosa que lesiona la dignidad
personal y la justicia social. Participamos en general
de la situación de América Latina. Entre los años 2002 y 2006
en Argentina crecieron al 8,7 % los índices de medición de la
indigencia; hay un 26,9 % en el nivel de la pobreza y estamos en
la región aparentemente más desigual de mundo, la que más
creció y menos redujo la miseria. Persiste la injusta
distribución de los bienes, lo cual configura una situación de
pecado social que clama al cielo y que excluye de las
posibilidades de una vida más plena a muchos hermanos. Poderes
políticos y planes económicos de diversos signos no dan
muestras de producir modificaciones significativas para
“eliminar las causas estructurales de las disfunciones de la
economía mundial” (Bnedicto XVI, Discurso al Cuerpo Diplomático,
8/1/2207). En Argentina urge animar una conducta justa,
coherente con la fe que promueva la dignidad humana, el bien común,
la inclusión integral, la ciudadanía plena y los derechos de
los pobres.
3. En toda la cultura: La crisis de los vínculos
familiares y sociales fundantes de los pueblos. Hay una
reserva de valores religiosos, éticos y culturales de nuestro
pueblo pero el individualismo posmoderno y globalizado favorece
un estilo de vida que debilita el desarrollo y la estabilidad de
los vínculos entre las personas que forman comunidades y las
comunidades formadas por personas. Se notan en los conflictos de
la familia, los desgarramientos de la Nación y la desintegración
del continente.
La acción pastoral
debe mostrar que la relación con nuestro Padre exige el
desarrollo de la unión entre los hermanos. En esta línea el núcleo
del contenido evangelizador (NMA 50-51) busca fortalecer una
mayor comunión con la Trinidad en el Espíritu de Cristo que
sane, promueva y afiance los vínculos personales en las nuevas
expresiones de amor, amistad y comunión a nivel familiar,
social y eclesial. Aquí se sitúan tanto la necesidad de una
intensa comunión eclesial ad intra que aliente la
renovada pastoral orgánica diocesana y nacional, como la
exigencia de un servicio ad extra para que la comunión
de la Iglesia anime una mayor integración latinoamericana.
Aparecida,
mayo 2007
Card. Jorge Mario
Bergoglio s.j.
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